Siendo tan necesaria la ayuda de Dios para entender a los hijos
y educarlos, es por lo que te dirijo ¡Oh Señor Misericordioso! Desde el fondo de mi alma este ferviente
ruego:
Ayúdame señor, te lo suplico, a entender a mis hijos. A
escucharlos pacientemente cuando tengan algo que decirme, y a contestar sus
preguntas sin alterarme. No permitas que los interrumpa y menos que los
contradiga sin razón. Concédeme la Gracia de ser siempre tan cortés para que
mis hijos, como yo quiero que ellos los sean conmigo cuando crezcan.
Dame el valor suficiente para confesar mis faltas contra mis
hijos, y para pedir su perdón cuando sienta que les he hecho algún daño.
No permitas que nunca hiera con mis actos los sentimientos
de mis hijos. Evita que me ría de sus errores o que los castigue
avergonzándolos o poniéndolos en ridículo. Jamás permitas que induzca yo a mis
hijos a mentir o a tomar lo ajeno. ¡Guíame siempre señor! hora tras hora, para
que pueda yo demostrarles con todo cuanto haga o diga, que solo la honestidad y
la honradez traen consigo la felicidad.
Hazme cada día más humilde y que deje ya de sermonearlos
continuamente. Cuando me salga de mis casillas, ayúdame Señor, a contener la
lengua.
Ciégame para no ver los pequeños errores de mis hijos, pero
dame luz para ver bien las cosas buenas que tienen y que hacen.
Pon siempre en mis labios la palabra justa para cuando
merezcan elogio. Ayúdame a tratarlos de acuerdo con su edad y no permitas que
exija de ellos que razonen como adultos y tenga el juicio que solo de la
experiencia.
No permitas que les robe la oportunidad de cuidarse ellos
mismos y de que piensen y lleven a cabo sus propias decisiones.
Una cosa sobre todo te pido Señor: que no permitas que
llegue nunca a castigar a mis hijos tan solo para satisfacer mi egoísmo: que
nunca descargue sobre ellos mi ira. Permíteme que pueda yo concederles todas
las satisfacciones que sean razonables, pero al mismo tiempo haz que tenga las
satisfacciones que sean razonables, pero al mismo tiempo haz que tenga el valor
suficiente para no concederles cualquier privilegio que pueda perjudicarles.
Permíteme que sea tan equitativo, tan justo y amigable para
con mis hijos, que ellos sientan autentica estimación por mi.
Concédeme finalmente, ¡Señor Todopoderoso! Que sea siempre
digno de que mis hijos me amen y de que me imiten en lo bueno.
Tomado: Dedicatoria a los padres en su día (1979) Escuela Carmen
Serdán
Imagen:
SilverPlanet Nomad 201 (http://goo.gl/D6zpj)

